Los movimientos del iceberg

Hemingway elaboró una especie de teoría para referirse a un aspecto fundamental de su método de escritura: si un escritor conoce suficientemente bien aquello sobre lo que escribe, puede silenciar cosas que conoce, y el lector tendrá de estas cosas una sensación tan fuerte como si el escritor las hubiera expresado. La dignidad de movimientos de un iceberg se debe a que solamente un octavo de su masa aparece sobre el agua. De ahí viene su nombre, teoría del iceberg, y en ella propone que lo que está por debajo, todo aquello que se omite pero se conoce, produce en el lector una sensación más que una comprensión. Así, la historia “se siente” más allá de lo que “se entiende” de ella.

¿Qué sucede con las imágenes de Manuel A. Fernández? Porque algo late por encima de cualquier intento de comprensión. Entre ellas nos desplazamos por lugares que, sin dejar de ser familiares, nos resultan desconocidos. Hay pistas: buscamos vínculos de causa y efecto, como lo hace un detective, imaginamos relaciones entre hechos fortuitos y devenires trágicos pero apenas alcanzamos atisbar souvenires, por llamarlos de algún modo, casi siempre incompletos, que poco pueden traducir su experiencia, ideas, asociaciones.

Memoria casi llena. Señal de la cámara –¿pueden las máquinas enviar(nos) mensajes?– que hay que borrar. Sustraer. Adición y sustracción. Un mundo que aparece detrás de las capas visibles, un mundo que se construye en la adición de elementos. Estas son las dos operaciones, tan básicas como complementarias, que conviven en la obra de Manuel.

La obsesión permanece, aunque cambian las herramientas. Podrían venir más, podrían haber infinitos remakes incluso, y la pregunta de fondo siempre sería la misma, renovada, complejizada, porque en definitiva la profundidad de las cosas aparece en el constante merodeo sobre lo mismo, en la constatación de diferentes puntos de vista sobre el mismo asunto: hablamos una y otra vez de las mismas cosas, repetimos, compartimos ese ritmo tácito que mueve el mundo.

¿Qué hay donde nada hay? ¿Cómo podemos saber qué es lo que se esconde debajo de la superficie de las imágenes? Eso sí, hay una cordial convivencia entre aquello que podemos ver y lo que permanece oculto. Algún tipo de experiencia visual previa nos permite completar lo que falta: sabemos que el dinosaurio es verde (o marrón en todo caso), que hay palmeras y un edificio con banderas. No estuvimos ahí, pero podríamos haber estado.

Las imágenes de Manuel nos proponen otro tiempo, ni pasado ni futuro, el de las nuevas imágenes. De dónde provienen poco importa. Porque son parte de nuestro acervo universal visual, de nuestra forma de conocer el mundo en fotografías. De la imagen como territorio fértil para la imaginación. Un mundo en constante transformación nace en y desde su imagen. Siempre lo visible es apenas su superficie, pero por debajo de la punta del iceberg hay seres congelados que esperan el calor del sol para dar el próximo movimiento.

Agustina Triquell